SER ENTRENADOR SIN HABER SIDO FUTBOLISTA PROFESIONAL

Buenos y felices días misters, aprovechamos el miércoles para traeros un artículo Alberto Egea de la revista kaiser magazine que queremos compartir con todos ya que nos parece destacado e importante descubrir esos mitos acerca de que para ser un buen entrenador, antes hay que ser buen jugador.

En una entrevista al diario alemán BILD con motivo del 40 aniversario de la final del Mundial de 1974, le preguntaban a Cruyff qué opinión tenía sobre José Mourinho. El ex-técnico holandés describía al de Setúbal como un buen entrenador pero alegaba que no podía estar entre los mejores porque no había sido jugador.

La contundencia de la afirmación hacía esperar un respaldo argumentativo igual de categórico, pero las razones quedaron suspendidas en “son matices, son cosas que se notan, él no ha jugado ante 100.000 espectadores…”, pero nada realmente palpable. Nada empírico que no haga pensar que solo es un lance más de la guerra dialéctica de egos que ambos llevan protagonizando desde hace tiempo.

El camino del jugador que pasa a ser entrenador suele ser: titularse tras colgar las botas (algunos ni eso) y colocarse en el banquillo de un filial de prestigio o de un equipo impensable para un recién titulado que no ha sido jugador. El que ha sido futbolista y ha vivido su profesión con ojos de entrenador por ser esta su vocación sí puede tener una ventaja dependiendo de la calidad de los entrenadores que le tocaron en suerte durante su carrera. Si Xabi Alonso decide ser entrenador algún día (no hay más que verlo en el campo y escucharle cuando habla para darlo por echo) desde luego que va a llevar un doctorado por delante. Saber durante tu etapa de jugador que tu objetivo es llegar a desempeñar ese oficio y haber mamado de maestros con libretos tan dispares como Rafa Benítez, José Mourinho, Carlo Ancelotti, Vicente Del Bosque o Pep Guardiola, obligándote a pensar por qué planifican de una manera y no de otra, comparando entrenamientos,  analizando su forma de motivar o de liderar un vestuario mientras te vas formando por tu cuenta en la medida que puedes, es una bendición reservada para cuatro privilegiados.

Pero casos como los de Xabi son los menos. La preparación, las horas de trabajo y el talento para ejercer de entrenador no entienden del pasado como futbolista, por mucho que se utilice este argumento como arma de desprestigio que desnuda la propia inseguridad del que lo emite. Cuando Berlusconi confió en Arrigo Sacchi para levantar la grave crisis del Milan en 1987, a Il Cavaliere le llovieron las críticas en Italia por confiar el equipo a un tipo sin pasado como futbolista profesional y sin experiencia en la élite como técnico (con su Parma, al que ascendió a Serie B, enamoró a Berlusconi en los octavos de Coppa donde eliminó al Milan venciendo 0-1 en San Siro y sin encajar gol en los 180 minutos de eliminatoria). En la rueda de prensa de su presentación un periodista le sacó el tema a Sacchi, y el de Fusignano silenció la sala: “No sabía que para poder ser jinete se necesitara haber sido antes un caballo”. Una Liga en su primera temporada y dos Copas de Europa consecutivas en las dos siguientes. No sabría manejar la presión, claro. Como no la supo manejar Rafa Benítez cuando en el descanso de la famosa final de Champions ante el Milan en 2005, cayendo por 0-3, quitó su lateral (Finnan) para meter un centrocampista (Hamman), pasó a jugar con tres centrales, convenció al colectivo y levantó el partido. O como no la han sabido manejar Parreira o Mourinho durante tantos años de gloria. Ya.

La presión que debe soportar un jugador poco o nada tiene que ver con la que soporta un entrenador. Marco Van Basten, que tres meses después de coger las riendas del AZ Alkmaar renunció al cargo por un ‘estrés insoportable’, es la cruda imagen de la dura realidad. Un tipo que como jugador fue único, que se cansó de dar exhibiciones en los momentos más trascendentes y en los escenarios más inhóspitos con la responsabilidad que conlleva ser el mejor jugador del mundo en el mejor equipo del mundo, no podía soportar la presión de dirigir a un equipo mediano de la Liga holandesa.

Un técnico no puede esconderse en un partido como tantos grandes jugadores, queda expuesto siempre ante la derrota, la sensación de impotencia ante la imposibilidad de cambiar ciertas cosas de un partido (un mal día de tu portero, una mala racha de tu ‘9’ o una decisión arbitral) desgasta sobremanera y la sensación de soledad necesita de una personalidad y una confianza en sí mismo fuera de lo común para no hundirse de esta manera.

Se lo dijo Manzano a Schuster antes de vencerle en el Bernabéu con el Mallorca (0-1): “Alguien que sabe inglés no tiene por qué ser un buen profesor de inglés”. De nuevo por un arranque de soberbia del alemán, que olvidaba que saber y enseñar son artes distintos (Maradona es el ejemplo por excelencia), que mientras él jugaba su colega se estaba formando, que soportar la presión y ejercer de líder de un colectivo tiene que ver más con el temperamento de uno a la hora de afrontar las adversidades en la vida que con la hoja de servicios de un oficio (el de futbolista) para el que no todos pueden tener el don que él tuvo, y que por más maldad que exista en la afirmación de esta gran mentira siempre quedarán las obras de Sacchi, Mourinho o Benítez y las que están por llegar de Sampaoli o Villas Boas para empequeñecer discursos que, como el del bueno de Cruyff, hacen más daño al que lo pronuncia que al referenciado.

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